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En
la Vía Laura perdura el recuerdo de dos personajes del
Renacimiento: Lorenzo de Médicis, llamado el Magnífico, y sor
Domenica del Paradiso. En su origen era un camino campestre que
atravesaba las huertas; se llamaba Vía Verzura, más tarde Vía
Ventura por corrupción del nombre. En ella, Lorenzo el Magnífico
tuvo el capricho de levantar una residencia y a partir de
entonces la calle cambió de nombre, pasando a llamarse Vía
Laurenziana, más tarde abreviado en Vía Laura.
Sor
Domenica del Paradiso era hija de un labriego de Pian di Ripoli
que trabajaba las tierras de propiedad del convento de Santa
Brigida al Paradiso. En esta casa de religiosas entró la muchacha,
con el nombre de Domenica del Paradiso, y pronto ganó fama de
santidad. Sin embargo, su espiritualidad no fue obstáculo para
que Domenica imprimiera a la actividad de sus monjas un aspecto práctico
sumamente útil en aquel momento: introdujo y desarrolló en el
monasterio el arte del tejido de oro y plata con gran éxito e
importantes beneficios económicos.
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Aun
perteneciendo también ella a la orden dominicana, nunca sintió
simpatía por su cofrade Girolamo Savonarola y jamás lo mencionó
en sus escritos. Por el contrario , se
granjeó las simpatías de
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los opositores del monje predicador, la poderosa
familia Médicis, que le permitieron comprar por la
irrisoria suma de 190 florines un gran terreno en la Vía
Laura (el mismo en que ahora estamos nosotros). En el año
1511 dio comienzo aquí la construcción de un nuevo
convento, para el que sor Domenica gastó 20.000 florines
de oro. Todo formaba parte de la estrategia de los Médicis,
quienes veían con buenos ojos que a pocos pasos del
convento de San Marcos - donde residía Savonarola -
surgiera otro convento de la misma orden dominicana pero
fiel a la influyente familia.
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Todo
formaba parte de la estrategia de los Médicis, quienes veían
con buenos ojos que a pocos pasos del convento de San
Marcos - donde residía Savonarola - surgiera otro
convento de la misma orden dominicana pero fiel a la
influyente familia.
El
papa Clemente VII, hijo de Julián de Médicis - el que
fuera asesinado en la conjuración de los Pazzi - y
sobrino de Lorenzo, con gran generosidad otorgó
privilegios a sor Domenica, a quien todos seguían
llamando "del Paradiso" por el antiguo convento
del que provenía; el convento nuevo, en cambio, se llamó
"Monastero della Crocetta" por una pequeña cruz
roja (crocetta = crucecita) que las monjas de sor
Domenica del Paradiso llevaban sobre el pecho.
La calle
misma se llamó por un tiempo Vía della Crocetta.
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En
la misma calle había otro convento, el de Santa María
degli Angioli, más tarde llamado "de los Angiolini";
había sido fundado en 1502 por seis devotas mujeres
guiadas por el canónigo Marco Strozzi. La casa de
religiosas ocupaba el solar junto al Palazzo della
Crocetta, que hoy es el Museo Arqueológico.
Los
huertos y claustros del Monastero della Crocetta se extendían
al otro lado de la antigua Vía Verzura - o Ventura, luego
Laurenziana y más tarde Laura, como ya se ha dicho - y en
uno de esos huertos sor Domenica del Paradiso habría
visto a Jesús, visión que fue celebrada en una capillita
quinientista colocada en la parte posterior, en la actual
Vía Giusti.
El
monasterio fue ampliado por voluntad de la princesa María
Magdalena de Médicis, devotísima hija del gran duque
Fernando I; la princesa vivía en el Palazzo della
Crocetta, construido en 1619 y, para visitar más cómodamente
a las monjas que estaban del otro lado de la calle, mandó
tender un pasaje aéreo sobre la Vía Laura que puede
verse todavía hoy. Siempre por deseo de la princesa, en
1757 el arquitecto Luigi Orlandi modernizó y adornó la
iglesia donde estaba sepultada sor Domenica del Paradiso,
venerada como beata.
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Cuando
fueron suprimidos los conventos, el Monastero della
Crocetta fue requisado; después de varias peripecias, las
monjas se trasladaron a la Vía Aretina, llevando consigo
las reliquias de sor Domenica del Paradiso.
Lamentablemente, la iglesia fue demolida en parte y
englobada en el moderno edificio en que hoy se encuentra
el Instituto Cesare Alfieri de la Universidad de Florencia;
durante el período en que la ciudad fue capital del reino
de Italia, la construcción albergó el Archivo General
del Tribunal de Cuentas.
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Precisamente
cuando Florencia fue capital, se modificaron las
estructuras del Convento della Crocetta y se edificó en
sus claustros y huertos para preparar viviendas destinadas
a satisfacer la repentina demanda de alojamiento causada
por el afluir de empleados y funcionarios del Estado.En
1785, el gobierno de los Lorena transformó en
Conservatorio el convento de Santa María degli Angioli.
Viniendo
de Borgo Pinti, el primer pasaje aéreo - segundo en orden
de construcción - enlazaba el antiguo Convento degli
Angiolini con el nuevo Conservatorio. A la
izquierda, en la esquina de la Vía de la Pergola, se alza
la parte posterior del Palazzo della Crocetta con el
segundo pasaje - el primero en orden cronológico -
mandado construir por la princesa María Magdalena de
Médicis.
En
el número 48 está la moderna entrada del Instituto
Cesare Alfieri, que ocupa el solar en que se levantaba la
Iglesia della Crocetta con la tumba de sor Domenica del
Paradiso. Con los números del 50 al 60 se indican las
estructuras decimonónicas que cubrieron el monasterio,
los huertos y los antiguos claustros de la Crocetta.
El
portón del siglo XIX señalado con el número 64 es hoy
la entrada del Archivo del Registro de la Propiedad, pero
entre las postrimerías de aquel siglo y los comienzos del
XX correspondía a la famosa escuela de actuación fundada
y dirigida por el actor e historiador del teatro Luigi
Rasi. Marino Moretti, que fue alumno de esa escuela y
luego poeta y narrador, la evocó en un libro titulado
precisamente Vía Laura. También Aldo Palazzeschi,
que de Moretti fue entrañable amigo, ambienta en la Vía
Laura uno de sus relatos, dedicado a la Sora Cecchina.
La escena final de la primera novela de Vasco Pratolini, El
barrio, se desarrolla en la esquina de la Vía Laura y
Borgo Pinti: los protagonistas, Valerio y Marisa, se
reconcilian; no es casualidad que el hijo que tendrán
reciba el nombre de Lorenzo.
En
la casa señalada con el número 56 vivió largo tiempo,
hasta que lo sorprendió la muerte entre sus muros, el
famoso y queridísimo narrador florentino Bruno Cicognani,
que habla de la Vía Laura en su obra Viaje por la vida.
Del
otro lado, el largo paredón sin aberturas separa la calle
del jardín del Museo Arqueológico, con las tumbas
etruscas y las columnas romanas, donde Gabriele d'Annunzio
ambienta su iniciación sentimental (Las chispas del
martillo).
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